Eran sus ojos lo que me hipnotizaron. Cada que me lo encontraba, lo primero que trataba de encontrar, eran sus claros ojos. Almendrados, brillantes, curiosos, bellos. Aún recuerdo todas las veces que lo vi, cada una de ellas. La vez que lo conocí se quedó clavado en mi mente por mucho tiempo.
Cuando salía de la preparatoria, yo solía caminar hasta la plaza que queda en la Avenida Miramontes. La plaza tenia una más pequeña frente a ésta y ahí solía quedarme hasta las 3 pm y me marchaba a mis clases de fotografía. Viajaba de la Prepa 5 a la Prepa 2 todos los días. Así fue por un año. Y así conocí a esos ojos almendrados. Una tarde, ya estaba en el camión y este me dejaba en la avenida para llegar rápido a la Prepa 2 y pasaba frente a la Alameda Sur. Cuando pasábamos frente a aquel parque, me imaginaba caminando ahí tomada de la mano de un chico, uno especial. En el momento en el que trataba de imaginar a esa persona a mi lado, el camión se detuvo en el semáforo. Un chico subió y pagó su pasaje. Levantó la mirada tras recibir su cambio y notó que lo miraba fijamente. La mirada nerviosa que yo le mandaba se vio interrumpida por el movimiento repentino del transporte y se quedó parado entre los asientos del camión. Su mirada buscaba a la mía sigilosamente. Yo era la que le ponía fin al seguimiento de las miradas; me quedaba dormida a la mitad del camino ya que, como me levantaba a las 5 de la mañana y llegaba a las 8 de la noche a mi casa, debía descansar en algún momento y ese era en el trayecto a la Prepa. Cuando yo bajaba del camión, , nuestras miradas se buscaban, se encontraban y, con un silencio que nos delataba, nos decíamos adiós.
Así pasaron la mayoría de los días y los meses, hasta que dejé de ir a la escuela y él dejó de ir a la suya. Supe que vivía cerca de mi casa ya que, en una ocasión, pude ver dónde bajaba y hacia donde caminaba. Vivía cerca de mi casa, pero nunca lo busqué. Pasó el tiempo y lo vi. Saliendo de una unidad habitacional a cinco minutos de mi casa. Las rejas de la unidad estaban abiertas. De entre ellas salía un carro de color morado y dentro, estaba él. No se dio cuenta de que lo vi, pero ahí estaba. Pensé que en un año ya se habría muerto la ilusión de aquel chico del camión, pero no. Verlo reanimó la esperanza de poder verlo de nuevo y comencé a frecuentar la zona. Y de nuevo, le perdí la pista.
El destino o la vida me llevo a un lugar cerca de su casa a trabajar por un rato. Y de la nada, apareció. Por mi mente cruzaron varias cosas: yo me encontraba trabajando, me encontraba recién amanecida, no bañada, sin peinar, con el maquillaje del día anterior y con lo sonrojada por la impresión de encontrármelo aquel día en aquel lugar. Los encuentros fueron más frecuentes. Noté que las miradas se extrañaban, sus ojos nunca dejaron de brillar al verme.Un día, por fin, pudimos intercambiar un par de palabras:
-Hola. ¿Cómo te llamas?
- Hola. Me llamo Flor. ¿ Y tú?
-Octavio. Oye, te pareces mucho a una chica que conocí hace mucho tiempo. ¿Acaso..?
- Sí, era yo. Te recuerdo. Solías tomar el camión en la Alameda Sur. Siempre cargabas tu rotafolio y vestías playeras moradas.
-Si, te recuerdo. Bueno, debo irme. Es un placer conocerte.
Sin más, se marchó. Sólo se dio la vuelta y no regresó hasta pasados los meses. Pude verlo de nuevo. Mis miradas me delataron, ya que no he podido olvidar sus palabras:
-Debo confesarte que me agradas. Quiero conocerte, pero por razones ajenas a mi, no puedo acercarme a ti. Tengo problemas con mi novia. Queremos saber si esto realmente puede funcionar.
Nunca le dije que me gustaba. Nunca pude. Las veces que llegamos a salir, sólo me interesaba estar cerca de él, compartir lo que yo era con él. Terminó siendo mi confidente y mejor amigo y nunca pude dejar de verlo con mis ojos de amor. Hablábamos de todo y a la vez de nada. Nunca faltó el silencio incómodo que aparecía cuando nuestras miradas se cruzaban y nuestras ganas de besarnos aparecían entre nosotros. Nunca regresó con su novia, yo nunca tuve novio desde que lo conocí. El tiempo que yo no le daba a nadie y que él no gastaba con ninguna, era para ambos. Éramos lo que no fuimos. Era tan común que estuviéramos en su casa viendo películas y comiendo dulces, tan deliciosos como sus miradas, como su compañía. En mi casa a veces se quedaba a dormir. A pesar de descansar uno al lado del otro, a pesar de tener la oportunidad de consumar ese amor que estuvo dentro de nosotros desde que nos vimos en el camión hace un par de años, nunca pasamos a ese nivel de relación, nunca nos complicamos. Sólo fuimos nosotros.La verdad de nosotros.
Un accidente automovilístico le quitó la vida. Lo vi morir. Mientras que yo no sufrí ningún rasguño, él fue el herido de gravedad. Un chico en otro auto se nos cerró repentinamente en el Eje Central mientras nosotros íbamos rumbo al teatro. Unos amigos míos estrenaban una temporada de su obra y me invitaron. Como prefería salir con Octavio que con otra persona, fuimos. El tipo del otro auto venía de una fiesta y su habilidad para manejar con algunos tragos encima no era muy buena. Él tampoco sufrió rasguño alguno pero Octavio apenas y llegó al hospital. Mientras estábamos en la ambulancia no dejaba de decirme lo mucho que lamentaba el no poder llevarme a la obra, que lamentaba mucho no haberme conocido por completo, que lamentaba nunca haberme besado, que se arrepentía de no haber sido mi otra mitad, mi complemento. Le pedí que dejara de pensar en cosas que nunca pasaron para que no perdiera las fuerzas de luchar por su vida. Cuando entramos a Urgencias del hospital más cercano, no dejaron que yo pasara. Sus padres y hermano llegaron tiempo después, me preguntaron por lo ocurrido y, al escuchar todo, su madre me lanzó una cachetada. Un par de horas después, una señorita llamó a los familiares de Octavio. Pasamos los cuatro. El doctor nos contó el pésimo estado en que el choque lo había dejado.
-Hicimos lo que estuvo en nuestras manos. Lo siento mucho.
Ahora, me encuentro frente a su tumba contándole lo mucho que me gustaban sus ojos. Después de varios años sigo viniendo a visitarlo. Le describo aquellos sueños donde los dos podíamos estar juntos, sin su novia, sin mi soledad. Cada viernes me encargo de cambiarle los claveles que le dejo la semana anterior. Siempre claveles cada viernes y un par de almendras debajo de su nombre.
miércoles, 22 de febrero de 2012
martes, 10 de enero de 2012
Esto pasò en el metro de la Ciudad de México...
Yo no recuerdo algún evento de mayor interés que éste.
Salí de casa (con los 20 minutos de retraso como siempre) y caminé muy rápido hacia la parada del camión. Después de 10 minutos de espera, subí a la combi y me dirigí a la estación de siempre: Nativitas. Yo no me había percatado de la presencia del grupo de chicos que se reunían en la banca dentro del metro hasta ese día. Me bajé de la combi y corrí para alcanzar al metro que iba arribando a la estación. No lo alcancé. La señorita que se dedicaba a ponerle el dinero de recarga a la tarjeta se tardó demasiado ya que me dio mi cambio en moneditas de $1. Caminé hacia los torniquetes, subí las escaleras, cruzé el pequeño puente y bajé al andén. Vi de nuevo al grupo de chicos y chicas y me atrajo uno de ellos. Como venía el metro, sólo lo vi de reojo por última vez y esperé a que se detuviera el tren. Mi sorpresa fue grande cuando se cerraron las puertas y el chico que yo había visto también entró al mismo vagón. Recuerdo que comenzó a recitar un poema de Jaime Sabines: "Si tienes ganas de morirte..." y terminó su breve estancia de cuatro estaciones con otro poema que no recuerdo. Cuando terminó, aplaudí. Lo hice por el motivo obvio y porque, en el momento en que mis poemas alcancen esa perfección que yo busco, me veré en la posición de aquel sujeto. Pasó por el pasillo pidiendo unas monedas por los poemas recitados y, cuando llegó junto a mi, me di cuenta que estábamos en Viaducto. Le sonreí, me sonrió, me preguntó mi nombre, me dijo "linda" y se bajó. Cuando el tren retomó el movimiento, un beso brotó de sus labios y voló para pegarse en el pedazo de ventana que ocupaba mi rostro.
Salí de casa (con los 20 minutos de retraso como siempre) y caminé muy rápido hacia la parada del camión. Después de 10 minutos de espera, subí a la combi y me dirigí a la estación de siempre: Nativitas. Yo no me había percatado de la presencia del grupo de chicos que se reunían en la banca dentro del metro hasta ese día. Me bajé de la combi y corrí para alcanzar al metro que iba arribando a la estación. No lo alcancé. La señorita que se dedicaba a ponerle el dinero de recarga a la tarjeta se tardó demasiado ya que me dio mi cambio en moneditas de $1. Caminé hacia los torniquetes, subí las escaleras, cruzé el pequeño puente y bajé al andén. Vi de nuevo al grupo de chicos y chicas y me atrajo uno de ellos. Como venía el metro, sólo lo vi de reojo por última vez y esperé a que se detuviera el tren. Mi sorpresa fue grande cuando se cerraron las puertas y el chico que yo había visto también entró al mismo vagón. Recuerdo que comenzó a recitar un poema de Jaime Sabines: "Si tienes ganas de morirte..." y terminó su breve estancia de cuatro estaciones con otro poema que no recuerdo. Cuando terminó, aplaudí. Lo hice por el motivo obvio y porque, en el momento en que mis poemas alcancen esa perfección que yo busco, me veré en la posición de aquel sujeto. Pasó por el pasillo pidiendo unas monedas por los poemas recitados y, cuando llegó junto a mi, me di cuenta que estábamos en Viaducto. Le sonreí, me sonrió, me preguntó mi nombre, me dijo "linda" y se bajó. Cuando el tren retomó el movimiento, un beso brotó de sus labios y voló para pegarse en el pedazo de ventana que ocupaba mi rostro.
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